Ministerio de Hombres Edificadores de Vida
Estas palabras no fueron pronunciadas por cualquier persona. Fueron dichas por Jesús en la cruz. En el momento de mayor dolor físico, emocional y espiritual, el Hijo eterno clamó al Padre… y no hubo respuesta inmediata. Ese grito atraviesa los siglos y llega a nosotros hoy, porque todos en algún momento hemos sentido lo mismo: abandono espiritual.
Sentís que orás, y no hay respuesta. Sentís que servís, pero no hay recompensa. Sentís que Dios está lejos, aunque sabés que prometió estar cerca. ¿Qué hacemos en esos momentos de silencio divino? ¿Cómo se sigue adelante cuando el cielo parece cerrado?
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Hermano, no estás solo. Sentirse abandonado por Dios no es señal de debilidad espiritual. Es parte del camino de la fe. Lo vivieron los profetas, los salmistas, los apóstoles… y también Jesús.
David escribió: “¿Hasta cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para siempre?” (Salmo 13:1). Job dijo: “Clamo a ti, y no me respondes” (Job 30:20). Elías, después de un gran milagro, pidió morirse porque pensó que Dios ya no estaba con él.
Pero en cada uno de esos casos, Dios no estaba ausente… estaba trabajando en silencio. Porque cuando sentís que Dios te abandonó, es cuando más cerca está. No lo digo como consuelo vacío, sino como verdad bíblica. Él prometió: “No te dejaré ni te desampararé” (Hebreos 13:5).
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Lo que sucede es que a veces confundimos Su silencio con ausencia. Pero Dios no necesita hablar siempre para estar presente. Así como un padre que acompaña al hijo en medio de un examen no puede darle las respuestas, Dios también guarda silencio para que crezcamos en confianza.
El abandono espiritual se siente real, pero no es verdad. El enemigo te va a susurrar: “Dios ya no te ama”, “no le importás”, “ya se cansó de vos”. Pero la cruz dice lo contrario. Si Jesús entregó Su vida por vos, ¿cómo podría dejarte ahora que sos Su hijo?
Sí, Jesús dijo: “¿Por qué me has desamparado?” Pero esa fue la única vez que el Padre guardó silencio, para que vos y yo nunca más tuviéramos que estar separados de Él. Jesús experimentó el abandono para que vos tuvieras comunión eterna.
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Entonces, ¿qué hacés cuando te sentís abandonado por Dios?
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No dejés de orar. Aunque te parezca que hablás solo, Él te escucha.
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Recordá Su Palabra. No vivas por lo que sentís, viví por lo que sabés.
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Miralo a Jesús. Si Él atravesó el abandono y salió victorioso, vos también podés.
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Buscá comunión. El aislamiento es el terreno preferido del enemigo.
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Esperá con fe. Porque Dios se revela con más poder después del silencio.
No estás olvidado. No estás solo. Dios no abandona a los suyos. Aunque no lo veas, Él te está sosteniendo. Aunque no lo escuches, Él te está formando. Aunque no lo sientas, Él está más cerca de lo que pensás.
Hoy, quizás no tengas fuerzas para declarar una gran victoria, pero podés hacer esta oración sencilla y poderosa: “Señor, no te siento… pero sigo creyendo.”
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